Ya casi no escribimos cartas…

A medida que pasan los años y aumenta la rapidez con que vivimos, la tecnología nos lleva por delante y parecería que todos estamos realmente apurados por llegar a algún lado… aunque no estoy muy segura de hacia dónde vamos con tanta prisa.

Y entre los apuros y la falta de tiempo que sufrimos, se perdió la costumbre de escribir cartas – esas cartas que gracias a que en otros tiempos sí se escribían y se guardaban, hoy tenemos la oportunidad de echar un vistazo a las vidas y costumbres de las personas que las escribieron en aquel entonces. Es verdad que hoy existen registros digitales y visuales que darán, posiblemente, un testimonio más fidedigno a las generaciones futuras, pero lo que encontramos en las cartas es muchísimo más personal y cercano a la persona que lo escribió y vivió.

Siempre me gustó escribir cartas – inclusive este blog podría casi considerarse como una carta dirigida a quien lo lea. De chica crecí sin abuelos, tíos o primos cerca y desde muy niña le escribía a mi abuela y a mis tías. ¿Qué contendrían esas cartas escritas por una niña pequeña? ¿Qué les contaría? No tengo idea – solamente recuerdo el sentarme a escribirles.

Y desde entonces he seguido escribiéndome con tantas personas que están lejos. Felizmente que varios de aquellos con quienes mantengo estos diálogos a la distancia son también aficionados a escribir largo y tendido por correo electrónico, otro medio que también estaría cayendo en desuso porque toma más tiempo que textear en los distintos medios hoy disponibles. Inclusive se está desarrollando un idioma aparte para ellos porque escribir una palabra completa es demasiado esfuerzo. Algunas palabras, por lo tanto, están metamorfoseándose en un dialecto sin vocales, con siglas, para mí casi incomprensible y que avanza a la velocidad del rayo.

Poco y nada que ver con el papel de cartas y un lapicero que corría y se deslizaba sobre él. Escribir una carta era un acto íntimo, pausado, meditado; algo para lo cual uno separaba un tiempo y se sentaba a escribir – mejor si nos acompañaba una taza de té – tomándose el tiempo de recordar lo que queríamos contar, ordenábamos las ideas, buscando las palabras más adecuadas. En realidad, no soy tan anacrónica como para no aceptar que el placer de sentarme ante mi laptop y seguir el anterior ritual es exactamente igual de delicioso. (Y soy, además, de aquellas rarezas que archiva los correos para – al igual que las cartas – leer y releer los mensajes cuantas veces quiera).

Y si bien es cierto también que la felicidad de recibir una carta, abrir el sobre y tomar el papel que la otra persona había sostenido en sus manos, ver el trazo de la escritura capaz de transmitirnos emociones, sentir el rastro de un perfume y estrujar el papel entre nuestras manos era increíble y que la anticipación con que esperábamos las respuestas era enorme, hoy sigue siendo emocionante oír el “ping” que nos anuncia la llegada de un mensaje a nuestro correo y es un placer tomarnos el tiempo para sentarnos a disfrutar de las conversaciones que a veces llevan años en proceso. Las cartas de nuestros tiempos tan modernos…

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