
Cuando una persona cercana a nosotros muere, irremediablemente entramos en un período de duelo. Es un proceso involuntario, ineludible e inconsciente. Nuestra psiquis y nuestro cuerpo reaccionan con códigos que están implantados en nuestro subconsciente y que no podemos controlar. Cada uno vivirá su duelo de manera absolutamente particular y nadie podrá decir si está bien o está mal – es algo que solamente atañe a quien lo experimenta. Unos podrán dar rienda suelta a su dolor y a su llanto y otros lo llevarán de diferente manera. Algunos llorarán con otras partes de su cuerpo o sentirán la necesidad de dormir para poder asimilarlo.
Hay duelos que son casi imposibles de soportar porque van contra todas las leyes de la naturaleza – esos a veces no terminan; hay otros que, aunque extremadamente dolorosos, son casi resignados porque sabemos que las leyes de la vida son inexorables y que en el transcurso del tiempo que compartimos con la persona que se nos fue, dimos todo el cariño y la comprensión que podíamos. En esos casos, las cicatrices pueden empezar a formarse luego de un tiempo.
Sin embargo, he notado que cuanto más difícil es la relación con la persona que nos deja, más difícil es el período de duelo. No solamente estamos despidiéndonos de quien se fue, sino de todo aquello que no llegó a ser y quedó truncado. Oportunidades que, debido a la finalidad de la muerte, ya no tienen cómo realizarse. Amores y palabras que no se dijeron o no se expresaron, heridas que no sanaron, rencores que no se superaron, esfuerzos que no se hicieron. Esas cicatrices tardan…
Y es por eso que trato de vivir mi vida de tal manera que cuando me llegue el momento de partir pueda decir “hice lo mejor que pude” y que aquellos que queden, me extrañen un poco pero también puedan tener la absoluta certeza de que todos fueron enormemente queridos por mí, que me hicieron feliz, que aprecié todos los momentos que pasé con cada uno de ellos, que tuvieron una importancia especial en cada etapa de mi vida y que mi cariño y mi agradecimiento por su compañía en este recorrido que llamamos vida perdurará para siempre.