
John Donne escribió que ningún hombre es una isla, que todos estamos entrelazados los unos con los otros, que somos parte del gran tapiz que constituye la humanidad. Llevando este concepto a un nivel más reducido y así no perdernos en la inmensidad de la humanidad, todos somos parte de un núcleo que se compone de familiares y amigos. Por lo tanto, nuestros actos afectan, lo queramos o no, a las personas que nos rodean.
Hoy hemos llegado a una cultura muchísimo más individualista. Todos los días me encuentro con mensajes alusivos al hecho de que tenemos una sola vida y que, por lo tanto, debemos vivirla como mejor nos parezca. Muy bien. Pero, ¿Qué pasa si de pronto nos parece que la mejor manera de vivir nuestra vida es dejar de lado todos los compromisos asumidos y decidir hacer simplemente lo que nos provoca? ¿No cuenta si en el camino hacemos daño a los demás? ¿Es justificable buscar únicamente nuestra propia satisfacción? Muchos dirán que sí… y muy posiblemente tengan razón – yo simplemente planteo la pregunta.
No estoy en contra de tomar la decisión de hacer lo que más nos gusta o mejor nos conviene, pero sí creo que debemos asumir la responsabilidad y las consecuencias generadas por nuestros actos y decisiones. Soy fiel creyente de que debe existir la libertad de escoger lo que uno quiera hacer, de seguir nuestras vocaciones, nuestros impulsos y nuestros sueños pero no nos olvidemos que cada acción tiene una reacción y debemos tomarla en cuenta y estar preparados para aceptarla.
Generalmente “se cosecha lo que se siembra”. Si en nuestro afán de individualidad y libertad invadimos los derechos o herimos los sentimientos de otras personas, no podemos luego esperar que todo siga exactamente igual. La idea del “borrón y cuenta nueva” rara vez se da. Recordemos que la manera en que actuemos con los demás posiblemente definirá la forma en que los demás actúen con nosotros algún día.