A medida que avanzo en el tiempo, me voy dando cuenta de que las mediciones del mismo se van convirtiendo en algo cada vez menos relevante.
Actualmente, los martes, miércoles y jueves se funden suavemente entre unos y otros, y se me hace a veces difícil distinguir en cuál estoy… salvo que sea un día en que se celebre algo o tenga algo puntual que hacer. Los lunes y viernes se distinguen de los otros porque empiezan y terminan un tramo de la semana y los sábados y domingos, porque son diferentes a los demás.
¡Y qué decir de las fechas! Me da igual que sea el 10, el 17 o el 25 de un mes, salvo, nuevamente, que sea alguna fecha especial de celebración – y, aun así, cada mañana me fijo en el calendario de pared que tengo en la cocina (del cual ya he hablado en otro post) para enterarme de la fecha en que vivo y qué se celebra o qué tengo que hacer, de ser el caso, en el mismo. Y no, no es que esté perdiendo la memoria ni que me esté volviendo chocha.
Creo que he llegado a una etapa – que no sé si será permanente o si es temporal – en la cual siento que puedo dejarme flotar un poco en el tiempo – no me rigen ya los horarios ni las responsabilidades de antes. Mis días fluyen tranquila y muy similarmente a lo largo de la semana y de los meses. Ya no tengo fechas límites para nada, hago las cosas a mi propio paso y tiempo, disfruto de mi pintura, de mi lectura y de todo lo que me rodea. Si no logro terminar algo en un día, pues lo terminaré al día siguiente. Tengo la seguridad de que cualquier cosa que esté haciendo puede esperar un poco sin afectar a nadie.
Ya corrí bastante cuando era más joven y ahora doy gracias por esta calma que espero me dure…
