Al haberme jubilado y no tener que pasar el día en una oficina, he encontrado muchísimas cosas que me hacen feliz y, entre ellas, está el hecho de que puedo darme el lujo de hacer una pequeña siesta en las tardes.
La siesta se ha convertido en una parte absolutamente placentera de mi día. Normalmente, empiezo el día muy temprano – a las 7:00 de la mañana ya estoy en pie y no dejo de hacer cosas hasta que llega el momento de sentarme a almorzar, luego de lo cual, me puedo sumergir en mi siestita…
Hay siestas y siestas: si sé que tengo cosas que hacer en la tarde, probablemente me quede dormida unos minutos frente al televisor, acurrucada en un sillón.
Si mi tarde se presenta sin mayores alteraciones, me busco un buen libro y me meto a mi cama a leer hasta que me invade un sueño tranquilo y reparador – las siestas nunca son largas; no deben durar más de media hora, cuando mucho.
Hay siestas de verano, al lado de una ventana abierta, sintiendo la brisa (cuando la hay) y escuchando a los pajaritos – estas son siestas más ligeras… el calor no conduce a dormir muy profundamente.
Luego, las siestas de invierno – ¡Definitivamente, las mejores! Nada más delicioso que abrigarme con una manta y sentirme envuelta en un capullo, protegida de los problemas del día, y dejarme llevar por la sensación de tranquilidad hasta quedarme dormida por unos minutos.
Por supuesto que, para poder empezar otra vez la tarde, nada mejor que una buena taza de té y andando, totalmente repuesta después de esos minutos de reparador sueño.
