Sócrates

Suelo meterme en camisas de once varas y, en esta ocasión, me he puesto la meta de leer a Platón para aprender sobre Sócrates, ya que este último nunca escribió nada debido a que pensaba que la palabra escrita adquiría vida propia y podía ser interpretada de diversas maneras – por lo que dependemos de sus discípulos para conocer sus enseñanzas y pensamientos. Empezaré leyendo La Apología de Sócrates, en la que Platón nos relata la defensa de Sócrates ante los tribunales durante el juicio en el que se le acusó de corromper a la juventud y de no creer en los dioses atenienses.

No soy académica ni historiadora ni tengo mérito alguno para tratar de interpretar o disertar sobre lo que haya dicho Sócrates, así que, al leer la Apología, me voy a limitar a copiar las partes que me parezcan más resaltantes e importantes para conocer su pensamiento y, luego, ahí lo dejaré para que cada quien las interprete, escoja las que más le guste o las asuma como quiera.

Solamente para ubicarnos en el tiempo, Sócrates vivió en la Atenas del Siglo V y IV a.C.; durante 30 años de su vida, Pericles gobernó Atenas, en lo que se llamó el Siglo de Pericles. Su padre fue cantero y su madre, partera. Su educación fue la tradicional para la época, estudió literatura, música y gimnasia. También realizó un conjunto de estatuas que estuvieron durante algunos años ubicadas en la entrada de la Acrópolis y, luego, fue alumno de Arquelao con quien aprendió sobre física y moral. Fue, asimismo, soldado de infantería y participó en la guerra del Peloponeso.

A continuación, comparto algunos pensamientos que encontré en La Apología que me parecieron importantes y que nos permiten conocer la manera de pensar de Sócrates en alguna medida:

Durante el juicio, hablando sobre su sabiduría y los enemigos que se había granjeado por esta causa:

“Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno – pero hay esta diferencia, que él cree saberlo, aunque no sepa nada y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Por lo tanto, que en esto yo, aunque poco más, era el más sabio porque no creía saber lo que no sabía.”

“Me parece, atenienses, que solo Dios es el verdadero sabio … haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o, mejor dicho, no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mi nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: ‘El más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada’”.

“Son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada”.

Sobre su corrupción de los jóvenes:

“Tú Meleto, (poeta acusador de Sócrates) eres joven y yo anciano. ¿Es posible que tu sabiduría supere tanto a la mía que, sabiendo tú que el roce con los malos causa mal y el roce con los buenos causa bien, me supongas tan ignorante que no sepa que si convierto en malos a los que me rodean me expongo a recibir mal y que a pesar de esto, insista y persista, queriéndolo y sabiéndolo? … Una de dos, o yo no corrompo a los jóvenes, o, si los corrompo, lo hago sin saberlo y a pesar mío y de cualquier manera eres un calumniador”.

Ante la pregunta de si se arrepentía de haberse dedicado a un estudio que lo ponía en peligro de muerte:

“Se engaña mucho [una persona] al creer que un hombre de valor tome en cuenta los peligros de la vida o de la muerte. Lo único que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace es justo o injusto, si es acción de un hombre de bien o de un malvado”.

“Temer a la muerte, atenienses, no es otra cosa que creerse sabio sin serlo y creer conocer lo que no se sabe. En efecto, nadie conoce la muerte, ni sabe si es el mayor de los bienes para el hombre. Sin embargo, se le teme, como si se supiese con certeza que es el mayor de todos los males.”

“Si me declarasen absuelto con la condición de no volver a filosofar … les respondería sin dudar: Atenienses, los respeto y los amo, pero obedeceré a Dios antes que a ustedes y mientras yo viva, no cesaré de filosofar, dándoles siempre consejos … Ciudadano, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, créditos y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?”.

“Si me hacen morir … el mal no será solo para mí. … A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Ánito [Acusador de Sócrates por no creer en los dioses atenienses] hace en este momento, que es trabajar para hacer morir a un inocente”.

Al saber el resultado de la votación sobre su culpabilidad:

“¿De qué pena me consideraré digno? ¿A qué pena voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; ¿por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades…?

“… abrigo la convicción de no haber hecho jamás el menor daño a nadie, queriéndolo y sabiéndolo.”

“… una vida sin examen no es vida…”

“Hubiera sido para ustedes una gran satisfacción haberme visto lamentar, suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás bajezas que están viendo todos los días en los acusados. Pero en medio del peligro, no he creído que debía rebajarme a un hecho tan cobarde y tan vergonzoso … quiero más morir después de haberme defendido como me he defendido que vivir por haberme arrastrado ante ustedes.”

Sobre la muerte:

“O la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, un descanso pacífico que no es turbado por ningún sueño ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? …

Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar? … ¿A qué precio no compararían la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero? Para mí, si esto es verdad, moriría gustoso mil veces. … Sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son.”

“No hay ningún mal para un hombre de bien, ni durante su vida ni después de su muerte: … porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida.”

“Es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, ustedes para vivir. Entre ustedes y yo, ¿quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.”

Sócrates

Platón, Colección de Clásicos Inolvidables, El Ateneo

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