No soy una persona que tenga gran apego a las cosas materiales; no suelo crear lazos demasiado fuertes con los lugares físicos donde he vivido. En realidad, me he mudado varias veces de departamentos o casas sin jamás mirar hacia atrás… siempre he tenido la mirada fija en lo que venía por delante.
Sin embargo, hoy me he despedido de la casa donde viví durante 37 años – toda una vida – y por primera vez he tenido una sensación que llegó a ser casi una experiencia de percepción extrasensorial.
Estaba parada en la entrada de la casa desde donde podía ver varios espacios del primer piso y de pronto sentí como si alguien estuviese proyectando ante mí una película a toda velocidad. En un lapso de unos minutos pude revivir innumerables momentos de la vida transcurrida allí; pude escuchar conversaciones que tuvieron lugar hace mucho tiempo y ver a personas que me acompañaron durante todos esos años en la casa, algunos de las cuales hoy ya no están con nosotros. Niños que crecieron y ahora son jóvenes adultos, un bebé queridísimo que está a punto de convertirse en adolescente, jóvenes que fuimos y que ya no lo somos tanto… Navidades, cumpleaños, almuerzos familiares, parrillas, piscinitas de plástico en la terraza, niños que se quedaban a dormir con nosotros, graduaciones, matrimonios, risas, y también lágrimas.
Comenté lo que había sentido con alguien que tiene una forma de pensar que me encanta y me dio la respuesta lógica… había recogido todos mis recuerdos y a todos mis fantasmas. No los podía dejar atrás.
Mi querida casa ha quedado lista para que la nueva familia que la habite pueda crear sus propios recuerdos y la llene de felicidad como lo hicimos nosotros – yo me he quedado con mis recuerdos y con la compañía de mis amados fantasmas.
