El otro día leí un dicho (que, según lo que he encontrado en la Web, es atribuible a muchísimas personas, por lo que no puedo poner xxx dijo) y que es muy cierto: «A los veinte años tenemos el rostro que Dios nos ha dado; a los cuarenta, el que nos ha dado la vida; y a los sesenta, el que nos merecemos». Aunque yo le cambiaría un poco los decenios: yo diría los veinte, los cincuenta y los setenta, considerando que la vida ahora es más larga y somos bastante más activos que hace algunos años, pero, en fin, quedémonos con los años del dicho.
La juventud, divino tesoro, nos da una lozanía producto de las ilusiones que todavía tenemos, la alegría de vivir, la posibilidad de ver la vida como algo casi interminable que se extiende delante nuestro – somos invencibles e inmortales. A la mitad del camino ya hemos pasado por algunas experiencias que nos marcan, para bien o para mal, y que van dejando alguna huella. Nos damos cuenta de que ya hemos usado una buena porción del tiempo que estadísticamente se nos ha asignado y nos enfrentamos a algunas angustias sobre si el resto nos alcanzará para lograr todo lo que nos proponíamos hacer (aunque a estas alturas, seguramente hemos ajustado nuestros planes a una realidad más concreta); estamos viendo algunos resultados de nuestras acciones y estamos tomando decisiones que afectarán el resto de los años que viviremos.
Y llegamos a la edad que nos atañe en este blog… A estas alturas nuestros rostros son un reflejo de nuestra actitud hacia la vida a lo largo de estos años, cuando asumimos lo bueno y lo malo que nos ha dado la vida y hemos tratado de hacer el mejor balance posible de todo. ¿Habremos mantenido las ilusiones y la alegría? ¿Las ganas de aprender y de ser asombrados por tantas cosas hermosas que nos rodean? Eso se verá reflejado en la luz que tengamos en los ojos y en nuestra rapidez para sonreír. ¿Es nuestra sonrisa amplia y desde el corazón? Ojalá que las arrugas que tengamos reflejen lo mucho que nos hemos reído. Si nos dejamos llevar por la desilusión, el pesimismo y el negativismo, eso sin duda estará reflejado en nuestro rostro. Los ojos serán opacos, la sonrisa lenta, el ceño estará fruncido y las comisuras de los labios estarán caídas permanentemente.
Hagamos todo lo posible por merecer un rostro que refleje nuestra alegría, entusiasmo y paz interior.
